Por Diego San Esteban
Miro hacia nuestro continente y veo una paradoja: somos una tierra de riqueza cultural, recursos infinitos y mentes brillantes, pero seguimos encadenados a la desigualdad y al rezago tecnológico. Hoy, frente a la mayor revolución de la historia moderna —la inteligencia artificial—, corremos el riesgo de repetir los mismos errores. ¿Permitiremos que la IA nos convierta en meros espectadores de un futuro diseñado por otros?
No es una pregunta retórica. Es un llamado a la batalla.
Mientras en Silicon Valley se invierten billones en algoritmos que predicen nuestros deseos, y en Europa se legisla sobre ética digital con rigurosidad, en Latinoamérica aún debatimos si el internet es un lujo o un derecho humano. En México, el 40% de las escuelas rurales carece de conectividad, según el INEGI. En Brasil, el fantasma de la automatización paraliza a sindicatos y empresarios por igual, mientras 30 millones de trabajadores informales ni siquiera aparecen en el radar de la «transformación digital». En Argentina, las PYMES —el 90% de nuestro tejido económico— sobreviven con herramientas del siglo XX en un mundo que exige agilidad del siglo XXI. ¿Hasta cuándo vamos a permitir que la mediocridad nos defina?
No somos víctimas, somos cómplices.
Nos conformamos con el título de «mercados emergentes», como si emerger fuera un destino y no una acción. La IA no es un tren que pasará dos veces: o subimos ahora, con todas nuestras imperfecciones, o nos quedaremos varados en la estación de la irrelevancia. Pero para ello, necesitamos más que discursos. Necesitamos rebeldía estratégica.
Tres verdades incómodas que nos hieren (y nos definen)
- La brecha digital es una bomba de tiempo social… y la estamos ignorando.
Mientras en Medellín se construyen distritos de innovación que atraen inversiones globales, en el Chaco paraguayo ni siquiera hay electricidad estable. La IA no será inclusiva por arte de magia: exige cables, antenas y dispositivos accesibles. ¿Dónde están las alianzas público-privadas para llevar internet a las escuelas de la Amazonía? ¿Por qué seguimos importando tecnología en lugar de crear la nuestra? La respuesta duele: falta voluntad política y sobra complacencia.Tomemos el ejemplo de Uruguay, donde el Plan Ceibal entregó laptops a 600,000 estudiantes. Hoy, es el país con mayor penetración de IA en educación primaria de la región. ¿Por qué no replicamos esto en Haití o Honduras? Porque preferimos gastar en burocracia que en soluciones. Mientras tanto, el Banco Interamericano de Desarrollo advierte: sin conectividad universal, 77 millones de latinoamericanos quedarán excluidos de la economía digital para 2030. ¿Es este el futuro que queremos? - Educamos para el ayer, no para el mañana (y nos enorgullecemos de ello).
Nuestras universidades enseñan programación como si aún viviéramos en la era de los mainframes, mientras el mundo habla de transformers y aprendizaje federado. En Perú, solo el 12% de los profesores de secundaria sabe explicar qué es un sesgo algorítmico. En Bolivia, el 70% de las escuelas técnicas no tiene acceso a software básico de análisis de datos.La educación no se actualiza con PowerPoints, sino con laboratorios de IA, mentores globales y currículos que prioricen el pensamiento crítico sobre la memorización. Chile lo entendió: su programa «Jóvenes Programadores» ha capacitado a 200,000 personas en coding y ética digital. ¿Por qué no hacemos lo mismo en Centroamérica? Porque seguimos creyendo que un título universitario es sinónimo de progreso, mientras el mundo valida habilidades, no pergaminos. - Tenemos miedo de nuestro propio potencial (y lo disfrazamos de realismo).
Hablamos de «soberanía tecnológica», pero seguimos esperando que Google o Microsoft nos rescaten. ¿Dónde están nuestros unicornios de IA ética? ¿Por qué Chile, con su estabilidad económica, no es un hub de innovación como Israel? La respuesta está en nuestro ADN cultural: le tememos más al fracaso que a la mediocridad.Miren a NotCo, startup chilena que usa IA para crear alimentos veganos y desafía a gigantes como Unilever. O a Platzi, plataforma mexicana que entrena a miles en habilidades digitales sin pedir permiso a nadie. Estos ejemplos no son excepciones: son gritos de un continente que puede brillar si dejamos de mirarnos con desconfianza.
El costo de la inacción: Un futuro escrito por otros
Si seguimos así, en 10 años seremos consumidores de soluciones diseñadas en otros países, para problemas que no son los nuestros. Imaginen: algoritmos de crédito entrenados en datos europeos que excluyen a los informales latinoamericanos. Sistemas de salud basados en patrones raciales ajenos a nuestra diversidad. Herramientas educativas que ignoran el quechua, el guaraní o el náhuatl.
¿Queremos que un algoritmo de Silicon Valley decida quién accede a un préstamo en Colombia? ¿O que una IA china optimice la logística de los cultivos en el altiplano boliviano sin entender el clima local? La respuesta es obvia, pero para evitarlo, debemos actuar hoy.
Un llamado a la acción (no a la resignación)
- A los gobiernos: Dejen de firmar acuerdos vacíos. Inviertan en infraestructura digital como se invierte en carreteras: con urgencia y escala. Penalicen a las empresas que usen IA con opacidad. Exijan transparencia algorítmica en sectores clave: banca, salud, justicia. ¿Por qué no crear un «Ministerio de Futuro» como hizo Uruguay para coordinar políticas de IA?
- A las empresas: Innovar no es comprar licencias costosas. Es capacitar a su equipo, colaborar con startups locales y exigir soluciones que respeten nuestra identidad. ¿Cómo? Banco Galicia en Argentina ya usa IA para detectar fraudes, pero también capacita a sus empleados en ética digital. Sigamos ese ejemplo.
- A los ciudadanos: Dejen de ser usuarios pasivos. Exijan transparencia, aprendan a cuestionar los algoritmos que rigen sus vidas y apodérense de las herramientas digitales. Plataformas como «Jóvenes hacia el Futuro» en México enseñan IA básica gratis. ¿Ya las probaron?
- A las universidades: Rompan el cascarón. Firmen alianzas con empresas, creen laboratorios de IA aplicada a problemas locales. La Universidad de São Paulo ya usa machine learning para predecir inundaciones en favelas. ¿Qué esperan las demás?
El sueño latinoamericano (sí, existe)
Imaginen una IA que prediga sequías en el Nordeste brasileño y optimice cosechas en tiempo real. Una herramienta que democratice el crédito en las favelas usando datos alternativos. Un sistema de transporte público en Lima que aprenda de los hábitos de sus usuarios. Eso no es utopía: es posible si dejamos de imitar y empezamos a crear.
Latinoamérica no necesita un Silicon Valley. Necesita su propio modelo: uno donde la tecnología no imite, sino que reivindique lo que somos. Donde los algoritmos se nutran de nuestra diversidad y resuelvan nuestras prioridades. Donde la ética no sea un lujo, sino un mandato.
El momento es este. La próxima década definirá si somos actores o extras en la historia digital. Yo elijo creer en la primera opción. ¿Y ustedes?
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